Se trata de la Ilusión

Se trata de la Ilusión.

Ese es el factor político clave que algunos están despreciando en todos sus análisis. Hemos pasado de querer asaltar los cielos a la versión matemática-comercial de la política de tus votos y mis votos. Hemos pasado de la lucha por el cambio a aceptar, simple y llanamente, un nuevo statu quo donde repartir los hastags definitorios de nuestros (léase con sentido de propiedad) espacios.

Pero se trata de la Ilusión. Una ilusión de ganar que ahora mismo está más en el lado del PSOE que en el de Podemos. Una ilusión de resistir que el PP comienza a poseer. Una ilusión de crecer y ser el tercer actor decisivo que Ciudadanos cada vez enarbola con más fuerza. ¿Y dónde quedó la ilusión del cambio, de la transformación, de la ruptura?. No en Podemos. Sus líderes pueden repetir su ansia de victoria hasta la saciedad, pero todos y todas somos conscientes de que ese discurso se ha vuelto retórica y ha dejado de ser ambición. El cielo se ganaba por asalto, pero cuando había firme creencia en esa posibilidad. Ahora el tablero de juego parece ofrecer, únicamente, una vía transversal de pactismo con el PSOE como vía de llegada. Lo impensable en origen que ahora deviene posibilidad real. Evidentemente la ilusión del cambio no reside en IU, aunque ahora mismo muestre mayor voluntad que Podemos por impulsar ese cambio, por apostar por la ruptura. Pero es cierto que paga todos sus errores anteriores, quizás el más grave la comodidad de ser un partido de régimen durante demasiados años.

En este sentido la relación entre ambos espacios es paradójica. Hace más de un año Podemos reventaba, en una brillante lectura del contexto político e histórico, el tablero de juego con el aplauso de muchas de las personas que configuramos Izquierda Unida. Antes de eso ofreció la posibilidad de ruptura a una IU que negoció con un triunvirato de miopes de aparato, encabezados por Cayo-Reneses-Meyer. Los negacionistas del cambio. Los conservadores automáticos del statu quo que confiaban todos los resultados al crecimiento en punto muerto de IU. No sabían leer el contexto ni sabían leer el cambio repolitizador de la sociedad, totalmente aprisionados por un estructuralismo clásico de todo partido político. Y Podemos rompió el tablero.

¿Y hoy? Hoy Cayo-Reneses-Meyer se han rejuvenecido. Y han adoptado el rostro de Pablo-Errejón y, a días si, a días no, también de Monedero. Así de sencillo. Hoy los conservadores son los nuevos “ganadores”, los que niegan ahora el contexto histórico que se abre descaradamente ante sus ojos y que tiene en las mareas y las confluencias una expresión empírica de confluencia.

Una confluencia que va más allá de IU y de Podemos aunque muchos estén marcadamente interesados en negarlo.

Al final parece que siempre hay un actor que quiere negociar desde una posición absoluta de fuerza. Que se cree el elegido. Y que prefiere la victoria pírrica como general a la victoria absoluta de una milicia popular donde compartir los laureles (y las decisiones) de la victoria.

En política triunfa la Ilusión. Es el ingrediente necesario para ganar. Y no generarla te puede llevar a la situación de IU en este último año. Pero negarla puede convertirte en UPyD.

Queremos ganar. Y no perdonaremos que seáis sólo capaces de perder.

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El discurso de clase

Realmente tenemos miedo de usar las palabras. Y realmente es fácil pensar que nos han ganado esa batalla. Hablamos pero no decimos, no transmitimos. En cambio, el lenguaje práctico parece haberse convertido en un monopolio de nuestro proyecto antagónico.Vivimos en una sociedad donde podemos leer titulares como “Decepción Popular por los resultados en Andalucía”. Y no en un periódico de derechas, sino en uno de esos que teóricamente se ubican en el otro espectro. Por lo visto la palabra popular también la hemos perdido, y ya se asimila directamente a la principal fuerza de derechas de este país. No le hace falta el término partido en el enunciado. De tanto machacarnos con ello se han quedado con ella.

Es difícil de entender. Es, incluso, chocante y asombroso. Tu propia madre descarta tus planteamientos y tus palabras porque son esas cosas de rojos (que por definición han de ser malas), pero, en la misma conversación, ella te sorprende haciéndote propuestas que sólo caben dentro de un programa radical de Izquierdas, basadas en una intervención estatal de la economía y los beneficios, en una regulación estatalista de la economía que muchas personas a diario expresan como solución. Eso si, siempre con sus propias palabras.

Frente a ello muchxs de nosotroxs vivimos en una paranoia doble: atenazadxs por el miedo a utilizar una expresión “inadecuada” o “radical”, por un lado; recitando de memoria, cuando la dejamos escapar, toda nuestra teoría política y económica clásica como quien recita en misa, por el otro. O tenemos miedo de hablar o hablamos para nosotrxs mismxs. Nos encerramos en nuestra cúpula de cristal intelectual (no por nada somos una de las organizaciones con un mayor peso de intelectuales de todo el Estado) y desde allí extendemos recetas mágicas y clásicas completamente válidas para el enfermo. Sólo que éste no se quiere tratar. Han convertido nuestras propuestas en utopías peyorativas, mientras transfiguraban sus propuestas radicalmente reaccionarias en soluciones prácticas y necesarias. No es que lleven razón, no es que les haga falta tener razón. Sólo necesitan convencer al enfermo. Y, mientras nosotrxs estábamos encerrados en las Bibliotecas, ellxs estaban en la puerta de cada consulta entregándolos panfletos mágicos de curanderos que habían sanado a miles de personas en horizontes lejanos.

¿Desapareció entonces el discurso de clase? No, un discurso así nunca puede desaparecer mientras exista la realidad de clase. Y esta es hoy más evidente que nunca. Pero nos hicieron una jugarreta muy jodida. Seguimos hasta la extenuación creyendo en un axioma que resulto erróneo: el contenido prima sobre la forma. Y al final resulta que podemos utilizar la forma para introducir cualquier tipo de contenido. Es más, podemos romper la relación de coherencia entre contenido y forma, podemos utilizar una forma (popular, libertad, igualdad, democracia…) para introducir socialmente el contenido concreto que deseamos, aunque éste sea la negación dialéctica de la forma. Mientras, lxs otrxs, (o sea nosotrxs) siguen quemándose las cejas escribiendo sobre el contenido, analizando la realidad, buscando respuestas teóricas…, apartadxs en su rincón temerosxs de que alguien les rechace por hablar de clase, por hablar de Marx, por hablar de Socialismo (del de verdad, no del de coña). Apartadxs y aisladxs estamos tan a la defensiva y tan calladxs que acabamos estallando en un bar, citando un párrafo del Capital para explicar la última fluctuación especulativa de la Bolsa, convertidxs en él o la friki marxista que pide otra cerveza para explicar la realidad desde un mundo diferente.

Vivimos en la jodida pesadilla Marxiana de la pauperización progresiva del Proletariado, del incremento de la bipolarización de la contradicción básica capital-trabajo, del desarrollo más extremo del capitalismo oligopolista y, crecientemente, monopolista. Maldita sea, es imposible no asumir algo tan sencillo como eso: Marx tenía razón. Las clases existen. Y una de ellas está realizando la mayor ofensiva de su historia, mientras la otra parece esperarla únicamente armada con la inevitabilidad de la dialéctica histórica que, desde las bibliotecas y los documentos, volverá marxistas y protagonistas de la clase proletaria a todas las personas que tan lejos se encuentran.

Desde hace años hemos vivido la redistribución directa de la renta estatal a favor de las rentas empresariales (hoy mayores que las salariales en el conjunto del PIB, por primera vez desde el franquismo); hemos observado políticas multimillonarias con dinero público de subvención de la banca, la contratación precaria y el despido (acentuadas aún más con la reforma, pero no creadas por esta); un IRPF despreciable en comparación con otros países, junto a un incremento progresivo de los impuestos indirectos; una destrucción planificada de los servicios sociales acompañada de su privatización; una completa permisividad ante el gran fraude fiscal que alcanza ahora su culminación última con la amnistía planteada; una conceptualización progresiva de las personas paradas y de las trabajadoras como negativas, criminalizadas o sospechosas, donde ellas son la última respuesta a su despido; una peyorativización total de la política (la nuestra, la de todos) y el sindicalismo; una generalización del individualismo como motor de comunicación política, social y económica; y una hegemonía del discurso conservador y reaccionario como actual y moderno. No lo analizo, sólo lo enumero. Ya hemos hecho miles de análisis.

Frente a ello seguimos ancladxs. Por no haber cambiado el lenguaje, la forma, ni siquiera hemos sido capaces de introducir en él planteamientos revolucionarios del ecologismo y el feminismo que, poco a poco, y con miles de resistencias hemos incorporado a nuestro contenido. Hemos sido capaces de transformarnos, de releernos, de actualizarnos y volvernos no sólo anticapitalistas sino también, y como expresión de ello, feministas y ecologistas, entre otras cosas y siempre con resistencias. Peleándonos por actualizar nuestro contenido ni siquiera nos hemos preocupado de la forma.

Pero el discurso de clase continuaba existiendo. Ellxs lo saben. Llevan años introduciendo en nuestra vida diaria su contenido. No tenían la razón así que optaron por la estrategia del mito, de la generalización popular de una falsa realidad. Forma cercana, contenido escondido. Son una clase social. Estamos enmedio de la batalla más tremenda de la Lucha de clases en muchos años. Porque compañerxs Marx tenía razón. En ello y en sus tesis sobre Feuerbach: “Hasta ahora los filósofos se han ocupado de comprender al mundo. Ha llegado la hora de transformarlo”. Pues resulta que la otra clase también sabe leer. Y a veces escucha al gran pensador alemán mucho mejor que nosotrxs.

Ha llegado la hora de transformar nuestra forma. Ha llegado la hora de volver a aprender a hablar. Ha llegado la hora de comunicar nuestro contenido. Estamos en un mundo 2.0, donde no podemos pensar que nuestros compañerxs por definición conceptual van a seguirnos si no hablamos con ellxs en la calle, en el bar, en las tiendas, en el metro. Y hablar no significa imponer sobre ellxs el peso de la historia, sino escuchar, empatizar, pedagogizar, acompañar y aprender.
Ha llegado la hora de la lucha de clases. Ha llegado la hora de cambiar de frase en la máxima marxista. Resulta que hace años que ellxs están en esa guerra, en esa lucha. Y nosotrxs la seguimos perdiendo.

Ha llegado la hora de transformarlo.